Hace unos días escuché a alguien en una librería pedirle a la dependienta un libro para regalar. Las palabras exactas fueron: “¿me podría recomendar un libro para hombre, de 50 años, divertido?”. En esta relación de atributos solo falta la talla, pensé enojado. Seguro que en Zara darían con el artículo adecuado si vendieran libros. Pero ¿en una librería? ¿Qué es un libro para “hombre”? ¿O para  “hombre de 50 años”? ¿O para “hombre de 50 años, divertido? En ese momento me pasaron por la cabeza algunas cuestiones. Intenté, sin éxito, buscar en mi memoria un libro para alguien así. Obviamente no lo encontré porque busqué en un archivo memorístico erróneo. Busqué en mi archivo de literatura y, claro, ahí no existe tal cosa. En ese departamento los libros no se clasifican por género, edad o atributos de la persona. Ahí solo hay literatura a secas. ¿O es que hay que ser mujer para leer a Jean Austin? ¿O homosexual para deleitarse con Oscar Wilde? ¿A caso Tolstoi no es adecuado para “divertidos”? Pensé entonces que la clasificación solo tiene sentido en un estado totalizador del mercado, o totalitario de la política. ¡Clasificar para simplificar! Eso no es literatura.

La literatura es por encima de todo libertad,  tanto para quien escribe como para quien lee. Es libertad para ir más allá de las fronteras establecidas, para flirtear con un lenguaje lejos de los lugares comunes; es libertad para acercarse a la belleza, para domesticarla, para integrarla en uncorpus individual, a espaldas del ruido de la multitud. Es libertad para ser libre. Y por ello la literatura no entiende de categorías, de géneros, ventas, estadísticas, ni siquiera deentretenimiento. Porque la literatura no cabe en un libro: como mucho empieza en él, pero termina siempre en el alma de quien se acerca a ella. Y por el momento, aunque muchos lo han intentado, las almas no se pueden clasificar.

Tengo que decir que la dependienta encontró el libro. Y  que el cliente salió de la librería con una sonrisa en su rostro. Pero me tranquilicé al ver que no era literatura, solo era un libro.

Jaume Carreras