En una época en la que la decadencia de la autoridad musical es cada vez más manifiesta y acuciante, como lo es la actual, en la que los compositores cinematográficos tienden cada vez más a la autocomplacencia mimética, inmolando la creatividad y la originalidad en favor de los clisés,  la autoridad de John Williams se mantiene intacta. Más aún, su figura aumenta el relieve con el tiempo, pues incontables son ya las muestras de su genio, que han pasado al inconsciente colectivo en forma de perlas sonoras de incuestionable belleza, trascendiendo incluso las imágenes que las hicieron famosas. Williams es interpretado como los grandes, pues también él lo es. Y, por ello, es de agradecer  este libro dedicado a su genio en el que Andrés Valverde reivindica a Williams, lo que es sinónimo de seguir creyendo en la música con mayúsculas cuando tanto sentido ha perdido.

Valverde da noticia de su vida y su obra, como reza el subtítulo. Desgrana sus proezas musicales, a las que ya desde niño, estaba abocado. Desde que pisó por primea vez un estudio cinematográfico a los seis años junto a su padre, Wiliams siempre estuvo vinculado a la música y al cine. Era un virtuoso del piano. Tocó para dos grandes de la época, como fueron Henry Mancini y Elmer Berstein. Y orquestó numerosas partituras antes de emprender su carrera como compositor.  Como tantos otros, Wiliams empezó por la televisión. Allí, según nos cuenta Valverde, tuvo la oportunidad de curtirse. Eran los años 60 y por entonces ya se adivinaba el carácter épico de su música. Valverde nos muestra todo ese recorrido en el cine, pero no olvida su producción fuera de él. Pocos son los compositores de cine que tienen una carrera paralela en la música de concierto. Williams era un virtuoso, y su música merecía ser escuchada al margen de la imagen.

bandas sonoras

Valverde hace un extenso recorrido por los años 70. Son años de películas de catástrofes. Y Williams imprime su sello a un género al que le va muy bien ese carácter postromántico, exacerbado, pero que sabe ser intimista en los momentos en lo que se requiere. También son los años en lo que conoce a Spielberg, dando lugar a una de las colaboraciones cinematográficas más prolíficas de todos los tiempos. Sus colaboraciones tienen tanto relieve que se forja un estilo, no solo musical, sino propiamente cinematográfico. Desde entonces, nos hace ver Valverde, John Williams ha sido un icono del buen trabajo. Un ejemplo a seguir por todos los compositores contemporáneos, marcando un estilo propio e inconfundible de enorme repercusión. Valverde nos ilustra con anécdotas, tanto profesionales  como personales. Narra sus periodos de mayor esplendor y sus momentos más bajos, de extenuación al intentar abordar tantos y tantos proyectos. ¿Cómo se puede mantener el genio bajo tanta presión? Williams es una fuente inagotable de melodías. ¿Quién no reconoce las soberbias notas de entrada de Star Wars? ¿O la melodía que acompaña a Indiana Jones por toda la saga? ¿O quien no se estremece al escuchar La lista de Shindler? La lista es interminable.

Valverde hace justica, por fin, a uno de los grandes maestros, no solo del cine, sino de la música en general del siglo XX.  Y lo hace en forma de biografía clásica, con una primera parte sobre su vida, elaborada cronológicamente, y en la que podemos disfrutar de un interesante material gráfico, donde se ve al Williams en sus diversos periodos y facetas, y hasta muestras de algunas de sus partituras más memorables. . La segunda parte del libro es de carácter más analítico. En ella Valverde describe la relación del maestro con los instrumentos de la orquesta y su aplicación en sus bandas sonoras; hace también un análisis de las grandes sagas que ilustró con su música; y hasta nos presenta un breve diccionario de las grandes temáticas que ha abordado Williams a lo largo de su vida.

Jaume Carreras