El sistema funciona si quienes lo integran creen que es justo. Acatamos las leyes porque creemos que son justas. Pagamos los impuestos porque, a pesar de todo, creemos que es justo. ¿Y por qué creemos que es justo? Porque recompensa a cada uno según su aportación al sistema y castiga a aquellos que amenazan con su desintegración. ¿Pero qué ocurre cuando el sistema deja de ser justo, porque aquellos que han sacrificado una parte de sus ingresos durante toda la vida, a expensas de su bienestar individual, no pueden acceder a la sanidad, o ven frustradas sus expectativas de recibir una pensión por jubilación después de estar toda la vida trabajando? ¿O cuando sus hijos no van a poder estudiar aquello que les podía sacar del bucle al que sus padres estuvieron ya antes abocados? ¿Qué ocurre cuando lo que hay que pagar por la hipoteca o el alquiler de la vivienda mínima, supera nuestros ingresos? ¿Y cuando además de entregar la vivienda que hemos puesto como aval, debemos seguir pagando al banco por no vivir en ella el resto de nuestra vida?

¿Qué ocurre cuando en lugar de castigar a los responsables de todo esto se castiga a las víctimas, mientras se les recrimina el haber querido tener una vida mejor, como si ese fuera el delito? Pues que nos damos cuenta de que ese sistema que creíamos que era justo, quizá no lo sea, porque sus vigilantes, aquellos que gobiernan el sistema, ya mediante las urnas ya mediante el capital, han creado un sistema aparte, que se nutre de las injusticias que se generan en el nuestro. Esas instituciones, lideradas no lo olvidemos, por personas de carne y hueso, buscan a toda costa perpetuar ese sistema paralelo, al que solo un grupo selecto tiene acceso. Para ello engañarán, manipularán, y cometerán todo tipo de atentados contra los ciudadanos y contra su dignidad. Su obsesión es que el sistema se mantenga, con el erario público, para poder mantenerse ellos también. Su sistema es de suma cero, esto es: cuando menos tengas tú, más tendré yo.

 

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Pero ese sistema es insostenible

porque lleva irremediablemente al colapso. Cuando el que aporta ya no tiene nada que aportar, porque se ha quedado sin, el que recibe no tienen nada que recibir. Algunas culturas ancestrales se basan en un sistema mucho más sostenible: los alimentos que no pueden ser consumidos por una tribu son entregados a otra que sufre escasez de ellos, para que a su vez puedan estos conseguir reservas de alimentos y poder así ayudar a la primera tribu cuando sea esta la sufra escasez. Mientras en el primer sistema uno se lo come todo hasta que no tiene ya que comer porque se ha comido hasta al que le da de comer, en el segundo sistema todos comen, siempre.

A pesar de todo nosotros seguimos creyendo ciegamente en nuestro sistema, seguimos pensando que es justo que nuestro dinero vaya a los bancos, incluso cuando sus propios directivos reciben indemnizaciones millonarias por llevarlos a la quiebra. Seguimos creyendo que es justo que se recorte en sanidad, educación y cultura, mientras cada día se destapan nuevos casos de corrupción de sus administradores electos.

Lo cierto es que no puedo afirmar si nuestro sistema funciona o no, lo que sí puedo asegurar es que el de ellos, sí.