Las nuevas reformas que el gobierno está imponiendo a la sociedad española no son precisamente nuevas. La esclavitud es una de las formas de economía humana más antigua. Con la domesticación de los animales el hombre se liberó del trabajo más arduo y pesado, ahorrando tiempo y energía que empezó a usar para otros menesteres, multiplicando sus beneficios.  Luego se dio cuenta de que podía hacer lo mismo con el hombre, y con mayor efectividad si cabe. Aquellos que podían, subyugaron también al hombre más débil  en su propio beneficio. El feudalismo, la economía industrial, el imperialismo cultural, los planes quinquenales, los campos de concentración nazis. Todos se basan en el mismo principio de economía.  Ese principio, a su vez, genera un ciclo vicioso imposible de detener: excluye de la toma de decisiones a los dominados, sean estos una raza o etnia, una clase, una confesión, un colectivo social, un individuo marginal. Como no pueden tomar decisiones, no pueden liberarse de su destino. En las democracias occidentales, el ciudadano elige a quien quiere que le represente. Pero cuando el Estado concentra tanto poder, se olvida de sus representados y actúa como una corporación que pone por encima de todo el interés de los socios que, entornando los ojos para no ver los abusos, solo miran los balances. En España incluso, se hace alarde de ello. Solo hay que ver el teatro que escenifican los ministros, incapaces de dar un discurso racional y coherente, más allá del “las reformas son necesarias” (mientras se les escapa la sonrisa entre dientes). Pero no explican para qué.

 

La desdemocratización de la Universidad es el último agravio al ciudadano. Subir las tasas a la educación, léase futuro, es excluir de él a quienes no pueden pagarlas, esto es, quienes más lo necesitan para escapar de ese siniestro destino que se cierne sobre nuestras cabezas. Con ellos lo único que se consigue es hacer más grande la brecha entre ricos y pobres. Reducir la oferta de carreras, por su escasa concurrencia, es acercarse hacia el integrismo de los que limitan el conocimiento humano a un solo libro. Sin pluralidad de ideas no hay progreso, sino regreso a los estados más primitivos de esclavitud y servidumbre humana.

 

*Foto de Roman Mager