En España la política del recorte se está cebando con todo, a una velocidad de vértigo, en beneficio de las estadísticas y sin tener en cuenta a las personas. El recorte conlleva un menoscabo de la democracia que se expresa en un evidente deterioro del tejido social. Lejos de ser la solución, el recorte agrava el problema. Uno de los pilares de esa democracia,  ahora de camino hacia sus ruinas (porque la democracia lo es en toda su plenitud o no es), es la pluralidad: la democracia se teje con las voces de todos. Esas voces que proceden de las distintas particularidades y que son las que deben llenar lo global. Y no al revés, como está ocurriendo, pues eso nos aboca al pensamiento único, totalizador y homogeneizador, en donde la cultura es inspirada por unos pocos que disponen de los medios necesarios para hacer llegar su mensaje a la sociedad.  En los países resurgidos de la desintegración del comunismo, como la Serbia de Milosevic o la Ucrania de Kuchma, el concepto de democracia se proyectaba desde la televisión estatal, controlado por esos mismos autócratas, dándole al término un cariz propagandístico muy distinto a su significado real, creando la ilusión entre la población de estar viviendo en una democracia, mientras lo hacían bajo una chapucera dictadura encubierta(como hoy hace Putin en Rusia). En esos países existía la voz única, la del líder.

 

En los países más al oeste

aun habiendo ejemplos en la misma dirección, incluso en España, las voces proceden del mercado. En las televisiones generalistas hay lugar solo para los que tienen el capital. De nuevo, la dirección procede en un solo sentido, de arriba abajo. Las tendencias no nacen del pueblo, sino del capital. Pero en nuestro país los que no pueden pagar una campaña global, tienen aún la opción de hacerlo de forma local, en las televisiones y medios locales, siempre y cuando sean independientes. Las televisiones locales, como la televisión del Hospitalet o la de Badalona han dado voz, durante muchos años, a aquellos que no la tenían. Han permitido conectar a los ciudadanos, en una especie de ágora atenea (aunque con sus limitaciones). Han hecho posible que el pequeño comerciante pueda presentarse ante su público más inmediato; que los artistas locales puedan mostrar su arte; a los clubs deportivos que no venden camisetas en Japón tener una afición y poder seguir financiando su existencia; que las personas que hacen cosas sencillas para su comunidad puedan seguir haciéndolas. En resumen, las televisiones locales permiten a la comunidad ser. Y no existe una verdadera democracia sin esa comunidad, hecha de ciudadanos de a pie que hablan los unos con los otros, que se construyen mutuamente. Esa es la única comunidad viable, porque los ciudadanos están cerca los unos de los otros (la comunidad internacional, o global, es solo una entelequia que genera frustración y fracaso cuando no se fundamenta en la comunidad local, como ocurrió con la Sociedad de Naciones, o como ocurre ahora con la ONU). El cierre de esas televisiones, como ya le ha ocurrido a la Televisión del Hospitalet o como le pude ocurrir a la de Badalona, por capricho de algunos oligarcas políticos, daña seriamente la salud de la democracia.