Y con un “¡Viva el Partido!” el camarada Iosiv Stalin ha dado por terminado su discurso. La ovación, como era de esperar, es unánime y entusiasta. Todo el mundo, incluidos los bedeles, da muestras de su fidelidad al líder con apasionados vítores. El fervor aumenta mientras la manecilla del reloj que preside la sala marca inexorable los minutos. El calor empieza a hacerse notar y el cuello de la camisa se hace cada vez más pequeño.

El reloj marca la hora y las piernas empiezan a temblar. Pero nadie se atreve a dejar de aplaudir. Por mucho menos se han llevado a otros con los pies por delante. Stalin hace ya rato que se ha ido, pero nadie quiere ser el primero. Quizá algún camarada del Partido lo pueda interpretar como un desafío a la autoridad o una muestra de disconformidad hacia el líder. Así que los asistentes, bañados ya en su propio sudor, se miran inquietos unos a otros, sin saber bien quién vigila y quién es vigilado. El reloj marca otra hora. Un coronel, con el pecho lleno de medallas, pierde el sentido y cae al suelo con todo su peso. Los que están a su lado, otros coroneles y generales condecorados todos ellos, se temen lo peor.

Pero como nadie hace nada intuyen la oportunidad y se dejan también caer al suelo simulando un fortuito desmayo. Como efecto dominó cae la primera fila al completo, luego la siguiente y así hasta que queda un solo hombre en pie, uno al final de la sala, con su impecable uniforme de la limpieza al que un compañero le ha cambiado el turno por encontrase indispuesto. Al ver que ya no queda nadie en pie en la sala deja tímidamente de aplaudir, no sin antes mirar a un lado y a otro reiteradas veces para asegurase que nadie le ve. Pero antes que pueda al coger el cepillo, bum, recibe un disparo en la cabeza manchando toda la pared con su sangre. Los demás asistentes empiezan a levantarse, abriendo un ojo primero y el otro después, y empiezan a abandonar la sala charlando entre ellos sobre lo honorable y acertado del discurso. Mientras, otro bedel, aparentemente con el rostro sereno, limpia la sangre dando gracias hacia sus adentros por que esa sangre no es la suya.

*Foto de Dimitri Popof