No es el pueblo el que debe ser vigilado, sino el Estado. Ningún ser humano tiene derecho a someter, subyugar ni controlar a ningún otro. Esas prácticas presuponen la ignorancia o sentido de culpa de quien es sometido. Se les suele atribuir a los que detentan el poder cualidades divinas o sabiduría absoluta.

No son dioses ni sabios, son personas que saben cómo hacer creer a los ciudadanos que son dioses o sabios. Y lo hace mediante unas elaboradas técnicas de marketing  que pueden llegar a  legitimar incluso hasta el racismo, la xenofobia, el sexismo o la represión violenta, como está sucediendo estos días en la Plaça de Catalunya de Barcelona. Saldrán airosos, como siempre, porque escribirán un guión efectista que dividirá a la población en dos bandos enfrentados justo en el momento en el que se iban a unir para combatir las injusticias de un Estado que tiende –siempre lo hace-  al absolutismo. Y en esa sociedad dividida encontrará como siempre su alimento y sostén.  ¡En manos de quién estamos! No queremos que el futuro dependa de las fluctuaciones de la bolsa.

No somos ovejas. No somos masa. No somos votantes. No somos de derechas o de izquierdas. No somos ricos ni pobres, ni de tal a cual clase. No somos de aquí ni de allí. Somos seres humanos primero, y después lo que cada uno quiera ser. La tierra es nuestro hogar y plantaremos nuestras semillas  donde queramos. Ningún político tiene nuestro consentimiento a dar su consentimiento sobre nuestras acciones.

Las elecciones no deberían ser un concurso de televisión, aunque tenga una pegadiza sintonía musical, una cuidada escenografía a juego con los colores de moda y un presentador o presentadora divertido o locuaz. Nosotros lo sabemos.  Basta de mercadear con nuestras emociones.  Ya es hora de que los políticos sepan que lo sabemos.  El marketing es la lacra de nuestra sociedad, porque debajo de ello no hay nada, pero nos engulle a todos.

*Foto de Alexandre Perotto