Jan cruzó el umbral de la puerta de la habitación como el que atraviesa la frontera que separa la tierra de los vivos de la de los muertos, y sin soltar la maleta, se dirigió a la ventana, cautivado por la imagen del paisaje que alguna musa parecía haber pintado para que él, en ese preciso momento, pudiera liberarse de sus contradicciones !Cuánta verdad hay ahí fuera¡ Cuanta mentira aquí dentro. Y con aquí dentro no se refería a la pequeña habitación del hotel, que por carecer de alma carecía de la posibilidad de sentir remordimiento, y por tanto de mentir. Jan se refería a su pecho.Cuánta mentira hay en mi pecho que oprime las vertebras y no me deja respirar.

Desde allí Jan se vio a sí mismo caminando entre las tumbas del viejo cementerio, respirando el mismo aire que los gusanos. Se sentó en una losa envuelta en hiedra, y pensó en aquello en lo que hasta aquel día nunca antes le había perturbado. Conocía el quinto mandamiento, pues había sido educado según los preceptos cristianos.  Comprendía perfectamente el sentido de la oración “no matarás”. Nunca la gramática litúrgica le había sido ajena. Su vida había estado regida desde el principio por el imperativo, como a todos los chicos de su generación. Jan, pensaba entonces, no podría alegar ignorancia. Y en ese instante cayó en la cuenta de que no era un ser inmoral, pues no había disfrutado arrancando la vida a aquellos cuerpos, como sí lo habían hecho otros de sus compañeros. Simplemente no había sentido nada. ¿Era entonces amoral, como los animales?

No, el no era como los animales, pues no lo había hecho para sobrevivir. Tampoco ninguna pasión humana le había impulsado ciegamente a ello. No era por celos ni por envidia, como le ocurrió a Caín. Ni había tenido la sed de venganza  de Orestes. Aquello no había obedecido a un instinto primario, como el que come para saciar el hambre. Ni siquiera lo hizo por superstición. Entonces Jan se sintió derrotado, porque mientras los demás tenían una excusa, aunque fuera la más deleznable de las ignominias, él no tenía ninguna. Recordaba muy bien el rostro de sus compañeros. En ellos había rastros arqueológicos, las muecas del ser más primitivo y sádico que debió poblar la tierra miles de años atrás. Vestidos con trajes de seda, nunca la cultura había sin embargo llegado a traspasar la epidermis.  Esos hombres eran distintos a él.

Él si era un hombre cultivado, incluso refinado y sensible en cuestiones de arte, literatura o música. Había llorado contemplando el Éxtasis de Santa Teresa de Bernini en su fugaz pero intenso viaje de juventud a Roma. Su piel se erizaba cuando escuchaba las sonatas de Bach, y se sentía conmovido por los versos de Dante cada vez que los releía. Era entonces un hombre sensible, capaz de sentir, de apreciar los matices de la vida y disfrutar de ellos. Eso era lo que más le perturbaba.

Quizá Dios insufló el mal en los corazones de esos hombres para que el bien brillara sobre la mediocridad que es la norma del mundo. Pero de él Dios se había olvidado. Lo había dejado al margen de sus planes. Por eso era hora de encerrarse en aquella habitación de hotel…

Fragmento de Sobrevivir en la nada

*Foto de Kevin Fernández