Si me cuerpo está hecho de palabras, no puedo comprar una que rellene el vacío que existe entre una y otra de las que me configuran. Para que una palabra me componga tengo que encontrarla, tirada quizá en las aceras, o que se desprenda de un amanecer, o que caiga mezclada con la lluvia, o que algún desconocido la suelte cuando yo miro hacia otro lado. Las palabras no se compran. Porque nada que se pueda pagar con dinero aumenta ni un gramo el peso de mi felicidad.  Esas palabras son mi casa. Con ellas me muevo, o más bien son ellas las que me mueven a mí, porque por mucho que lo intente, no consigo domesticarlas.  Esas palabras tienen sus reglas. De la misma forma que crearon a los dioses, desarrollaron al tiempo su propia ley.  Y si alguien la traiciona, las palabras se marchan a otro lugar, abandonan  el cuerpo quizá para habitar otro, dejando la carnal arquitectura del hombre sin la piel que le aísla de la mentira. Porque el hombre ignora que las palabras también mueren.  Cuando no se cree en ellas otras ocupan su lugar. Dejamos de ser ”niños”cuando perdemos la “inocencia”. Dejamos de ser “jóvenes” cuando perdemos las“ilusiones”. Dejamos de ser hombres cuando perdemos la “dignidad”. Cada mentira sustituye a una verdad, como el “miedo” cercena la “libertad”. La democracia está vacía porque las palabras que la definieron en su origen, aquellas que inspiraron tantos poemas bellos, se han marchado a otro lugar. La pregunta ahora es ¿a quién estamos dejando que la llene?

*Foto de John Clow