La realidad está hecha de todas las realidades posibles.  Cada uno de nosotros vivimos la nuestra, tejida con los hilos que nos une a nuestro entorno más inmediato, un entorno hecho de personas, lugares, mitos, tradiciones y creencias que permiten nuestra supervivencia individual dentro de una sociedad determinada. Ese espacio tiene zonas comunes, que transitan nuestros vecinos sentimentales: familia, amigos, amantes, compañeros de trabajo, profesores, …, todos aquellos con los que tratamos en nuestra cotidianidad. Esa realidad es valiosa para nosotros, pero es más valiosa aún para los vecinos intrusos que, simulando ser nuestros amigos, intentan ganar, con su lenguaje amable y cercano, ese espacio para ellos. Hablo de gobiernos, confesiones religiosas, corporaciones empresariales, bancos y medios de comunicación, que  entran cada día en nuestro espacio vital para sembrar sus semillas y recoger luego el fruto en forma de votos o pagos con tarjeta de crédito.

Se cumplen ahora todos los requisitos para la gran revolución social: hemos tocado fondo, y esas supraentidades han levantado levemente el pie de nuestros pescuezos, al ver que iban a ahogar a la gallina de los huevos de oro, con promesas de cambio, con la intención de que nuestra realidad se ajuste mejor a la que ellos han pergeñado sin que percibamos el engaño. Pero no nos engañemos. El mundo en el que vivimos no es el mismo en el que vivían los Danton y Robespierre  de la Revolución Francesa o los Lenin de la Revolución contra los zares. Estamos mejor comunicados que nunca, esto es cierto, pero también lo están los gobiernos, que no van a permitir los levantamientos en contra del Orden establecido por ellos, en nombre de esa “Paz Mundial”, que más parece el título de una película de Hollywood que una realidad. Hay algo que está por encima de esa paz, algo sin la cual la paz se convierte en una falacia. Esto es, la justicia. Pero la justicia no cotiza en bolsa.

 

*Foto de Kaleb Nizim