En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco, y galgo corredor. Había nacido en ese lugar entre las tierras del Norte y las tierras del Sur, el día que la corneja solitaria creaba surcos en el cielo, desplegando sus alas, altiva y orgullosa de su libertad. Ese día la corneja levitaba desorientada en la inmensidad, lejos del grupo de compañeras que la habían dejado atrás cuando de repente un rayo de sol penetró las espesas nubes para revelarle un espacio donde descansar. Y en esa rudimentaria chimenea que el sol había iluminado se posó a contemplar el agreste paisaje, mientras respiraba el hogareño humo de la chimenea que se mezclaba con las partículas de agua que el viento le arrancaba al río. La chimenea pertenecía a una triste cabaña de madera. Y de esa cabaña, rodeada por la más densa soledad del paisaje manchego, emergió un grito de mujer que detuvo el tiempo. Y después de un breve pero absoluto silencio, el llanto de un recién nacido que contenía el principio vital del ser humano.

En la rivera del río cada día miles de seres veían el sol por primera vez, y otros tantos dejaban de hacerlo. Aquel lugar contenía tanta vida que se desborda, al igual que se desbordan las lágrimas del recién nacido. En aquel niño cada sentido fue despertando del sueño en el que había estado sumergido durante la eternidad que precedía al nacimiento y al que regresaría después de esa breve pausa que es la vida. En ese instante, que abarca la vida un hombre, los sentidos, esas ventanas por las que penetra el mundo, nos permiten experimentar el placer y el sufrimiento. La vida se compone de experiencias que a veces uno no puede comprender. Y aunque ponga todo su empeño en ello permanecen oscuras a la mente. Pero en aquel recién nacido ningún sentido prevalecía sobre los demás. Sentía las cosas en todas sus dimensiones. Todos los sentidos despertaron juntos, lo que le proporcionaría momentos de éxtasis, pero que inexorablemente minaría su cordura. Pues si es grande el placer, aun mayor es el dolor. Y en el dolor las personas enloquecen.

Los primeros años de su vida los pasó conversando con la naturaleza que lo abrazaba. Ella le contaba sus secretos. Y el niño aprendió a apreciar toda la belleza que en ella estaba contenida. Se pasaba horas contemplando el vuelo de las aves, la danza perfecta en la que el elevado ballet ejecuta con sorprendente precisión bellos movimientos que no han sido ensayados antes. De cada flor aprendió el infinito orden cromático del mundo. Ningún color le fue desde entonces ajeno. Las piedras le mostraban formas imposibles, mientras la música del paisaje penetraba en su oído, como una compleja sinfonía que el viento modulaba a su antojo. Cada árbol se convertía en una caja resonante, y cada grillo aportaba su voz solista a tan sofisticado concierto. Hasta que un día aquel paisaje se desvaneció. Dejó de escuchar aquella música celestial. El río había dejado de fluir, y entendió que también su vida. Alguien había eliminado el paisaje, aquél bello lugar de la Mancha, cuyo nombre desapareció del mapa en un simple parpadeo. Pues ni una cabaña ni un niño podrían existir en el vertedero, aquel monumento ajeno a lo natural erigido por el hombre en nombre del progreso, que en su lugar se había instalado. El niño lo intentó, con sus abultados sentidos quiso comprender aquél lugar, pero aunque se riegue la tierra con delicados perfumes el olor de la podredumbre siempre permanece. Así que aquel niño se borró también del paisaje, y con sus padres se trasladó a otro lugar de la Mancha, que no era ni lugar ni de la Mancha, pues ni tenía paisaje ni se oía la música de los alcornoques. Era la ciudad del metal, en la que los hombres, ciegos todos ellos, se movían al son del tintinear de las monedas. El niño empezó a ir a la escuela, pero nada le contaban sobre los colores de las flores, ni de la vida de los añejos árboles. No se oía el río desde la escuela, por lo que andaba todo el tiempo desorientado. Y cuando la campana tañía, salía en busca de sus anhelados amigos, pero éstos también habían desparecido. Aunque el niño no se rindió y  decidió ir en busca del paisaje perdido. Y con un caballo de cartón, que el mismo construyó con sus  propias manos, salió en busca de aventuras. Navegó por aquellas calles de cemento, a lomos de su acartonado corcel, con una épica exaltada y sus ojos puestos en el horizonte. Pero nadie que a su paso encontraba fue capaz siquiera de dedicarle una triste mirada. Tan solo un perro sarnoso que hurgaba en la basura con la ilusión que el estómago crea, se encaprichó del niño y lo siguió cual fiel compañero hasta los confines de aquella inhumana ciudad. Desde allí, aquel joven hidalgo contempló unos segundos cómo el sol era engullido por las altas chimeneas que en nada se parecían a la de su cabaña. Así, sin apenas esperanza, el niño deshizo el camino que hasta allí le había llevado, acompañado, eso sí, de su canino amigo.

Al doblar la esquina, y con las esperanzas renovadas por la inquietud de saber lo que al otro lado podría hallar, otros niños, algo mayores lo detuvieron. No entendieron la poética imagen que ante ellos se presentaba, y lanzaron al niño al suelo. Cogieron el caballo y le dieron una paliza ante la atemorizada mirada de su perro, que salió con el rabo entre las piernas antes de ver el final de la escena. Sin perro y sin caballo, y con una pierna rota, se arrastró como pudo por el lodazal que una intensa lluvia había formado en un instante, mientras intentaba recordar quién era. Al doblar la esquina se encontró con su corcel, roto en cuatro cuartos. Pero ni rastro del perro. Se encaminó a su casa como pudo, agarrándose a las paredes y casi a tientas por la ceguera que le causaba el hinchazón del ojo. Pero el niño no se rindió. Volvió a construir un caballo exactamente igual al anterior, y salió, esta vez lanza en mano, con el propósito de conquistar, esta vez sí, aquel indómito lugar. Recorrió de nuevo la ciudad hasta que se encontró con un sonriente hombre. Este le preguntó amablemente  hacia donde se dirigía con tanta prestancia y decisión, y el niño le contó su historia. El hombre le contó que él sabía dónde se hallaba aquel lugar de la Mancha y el niño le siguió con el pecho henchido y con el recobrado brillo en sus ojos. Pero aquel hombre lo llevó hasta un callejón, lejos de la luz y de lo humano, y lo sometió a su lascivo e ignominiosos ímpetu. Tendido en el suelo, sus lágrimas mezcladas con la vergüenza anegaron el callejón, creando riachuelos de dolor que se filtraron por la alcantarilla. Años pasaron hasta que el niño volviera a pisar la calle. Abandonado el caballo y la lanza, se deshizo de la esperanza. Hasta que un día, más por azar que por voluntad, salió al rellano de su casa. Y a sus espaldas oyó un angelical susurro. Se dio la vuelta y vio algo que sobresaltó su corazón. Nunca antes había contemplado tanta belleza concentrada en tan poco espacio. Y en ese momento su mente rescató aquél lugar de la Mancha cuya imagen parecía ya borrado del recuerdo. Frente a él, una mujer. Olía a las rosas de su infancia, y en su pelo se hallaba toda la gama de colores de los campos pretéritos. El paisaje infantil se había mudado a su edificio y tenía forma de mujer. Cuando ya la esperanza se encontraba perdida, y la naturaleza parecía un sueño lejano, aquél niño, que hacia tiempo había dejado de serlo, le dio otra oportunidad a la vida. Y aquél hermoso día, de rutilante luz y cielo despejado, una corneja se posó en su tejado. Había vuelto a su hogar.

 

*Foto de Jake Hills