Como cada mañana el señor López, armado con su carcomido bastón y su raído bombín negro, que sólo se quitaba para dormir- según aseguraban las malas lenguas-, se dirigía a  su modesto despacho de la calle Luna. Para ello debía subir por toda la Gran Vía desde la calle Alcalá, y como gustaba de llegar bien temprano al tajo, antes incluso de que asomara el sol, se cruzaba con los últimos tertulianos de los clandestinos cafés que, con más alcohol que sangre en sus venas, le saludaban procurando no darse de bruces con alguna farola que había tenido el capricho de pararse en medio de su camino.

El señor López tenía siempre trabajo que despachar antes de que algún cliente llamara a su puerta para hacerle alguno de esos comprometidos encargos que solo él sabía llevar a cabo con la debida discreción y con resultados garantizados. El señor López era él y su reputación, que se pegaba a su persona como su sombra, por ese motivo si no resolvía el caso no aceptaba el pago.

Pero aquella mañana intuyó, al ver la negra silueta de un hombre encorvado apoyado en la puerta de su despacho, envuelto en una nube de humo, que algo iba a alterar su rutina. Al acercarse, aquella silueta tomó prestado un rostro humano que enseguida reconoció.

-Don Pío, ¿cómo usted por aquí, es que ha ocurrido algo?

Todo el mundo en la ciudad conocía al señor Baroja, o Don Pío, como solían llamarlo los que le trataban. Aunque no hubiera muchos admiradores de su carácter, su prestigio como literato era incluso mayor que el del señor López en su profesión.

–          Pues ya ve usted, señor López, ha habido un asesinato.

–          Alguien conocido, deduzco de su tempranera visita, aunque no demasiado cercano a usted, por la falta de afectación con la que me habla.

–          Deduce usted bien señor López, aunque lo de la cercanía es muy relativo en este caso. No era cercano  en el sentido consanguíneo, ni tampoco en el sentido filosófico o ni siquiera empático, pero sí lo era en el sentido literal en el momento de su muerte, pues murió sentado en una silla que se hallaba al lado de otra silla en la que yo hacía lo propio exactamente en el mismo momento. Así que, si se puede decir que no fue cercano en vida, si lo fue en su muerte, aunque no fuera más que por la corta distancia que nos separaba en el momento en que ocurrió.

–          ¿Y de quién se trata, si se puede saber?

–          De Don Miguel.

–          ¿No se referirá usted al señor de Unamuno?

–          No otro sino él.

–          Pero esto es una desgracia.

–          Según se mire, señor López, según se mire.

–          ¿Y qué ha dicho la policía?

–          La policía no lo tiene claro aún, lo van a investigar.

–          ¿Y entonces, por qué ha venido usted a visitarme?

–          Porque sé quien le ha matado, pero no puedo decírselo a la policía.

–          ¿Y se puede saber quién es el asesino?

Don Pío clavó sus ojos en los del señor López mientras daba lumbre al cigarrillo apagado que sostenían sus labios desde hacía ya un rato, introduciendo así la pausa dramática que tanto conviene a una noticia de tal naturaleza, pues Don Pío es tan artista en su obra como en su vida. Dió un paso en dirección a su atento oyente y sueltó un nombre que se confundió con el sonido del aire:

–          Don Juan Ramón Jiménez.

–          ¿Juan Ramón Jimenez?

–          Shhh, no chille, el asunto es delicado.

–          ¿Y cómo ha sido eso?

–          Pues ya ve usted, nunca se conocen los verdaderos motivos…

–          No, quiero decir que cómo le ha matado.

–          Con un poema.

–          Pero lo que usted dice no tiene sentido. No se puede matar a nadie con un poema.

–          Yo le demostraré que sí se puede.

CONTINUARÁ

 

*Foto de Chris Leggat