Nunca había oído nada parecido. Era un sonido ajeno a la realidad que alimentaba mi curiosidad. Me decidí finalmente a abrir la puerta. Pero no podía hacerlo de cualquier manera, pues no sabía a qué me estaba enfrentado. Todo era demasiado extraño. Cuando hay una tercera habitación en tu casa, y el dueño no te la cobra porque no se ha dado cuenta, es probable que la CIA esté detrás.  ¿Sería un agente de la CIA el que lloraba tras la puerta por estar arrepentido de haber endosado unas armas químicas a los niños de una guardería de un poblado en medio del desierto del Sahara Oriental para encubrir el robo de unos biberones que mantienen la leche caliente por más tiempo gracias a una fórmula secreta con la que se hace el vidrio y poder así reflotar la industria de biberones que se ha desplomado porque los niños ya sólo chupan los mandos de la videoconsola mientras los llaman cariñosamente Mamá? Demasiado extraño. No lo de las armas químicas claro, ni lo de los biberones, sino que el agente esté arrepentido. Unos ceros en la nómina y un padre nuestro antes de dormir ayudan. Si Dios y el gobierno están al corriente y no me mandan a los de hacienda con un tridente para una inspección, todo va bien. En este momento debo cambiar el tiempo de la narración para pasarla al presente, pues para comprender lo que viene a continuación es necesario un golpe de efecto. Para ahuyentar las dudas abro lentamente la puerta, con una sutileza que desde luego no me caracteriza, pero que en casos como este es absolutamente necesaria.  La luz penetra en la habitación de abajo arriba, como en las películas de terror, hasta proyectar una horrible sombra en la pared. Cierro la puerta de golpe, y me quedo por unos instantes petrificado. Reflexiono sobre lo que he visto, una imagen martillea mi mente de manera insoportable. No puede ser cierto lo que he visto. Doy vueltas sobre mí mismo. !No, no y no!  Nunca nada me había horrorizado tanto. Me digo a mi mismo: “¡detente un momento hombre que me pones nervioso!”. Y me hago caso. En esa arenera isla de sosiego que dura unos segundos veo de nuevo la imagen. ¡Es la sombra de un conejo! Esto sobrepasa a la habitación de gorra y al hombre de la CIA –que probablemente estará escondido detrás del conejo-.  Esta imagen pone en duda los fundamentos de mi cordura. ¿Qué hace un conejo en la habitación? Me voy corriendo hasta mi mesilla de noche para ver si hay restos de alguna sustancia psicotrópica que ingerí a noche por error, antes de dormir, pero no veo ningún libro de Kant.  Me quedo tranquilo, por el momento. Ya llevo dos semanas de abstinencia y no puedo bajar la guardia. Ni Kant ni Nietsche. Esos destrozan el cerebro a la primera dosis. Con una sola línea me quedo colgado hasta un día entero. Pero no están ahí, menos mal. Me sereno por unos instantes pero,  ¿qué es eso que asoma entre los libros?  ¡Horror! Lo sabía. Mucho peor que Kant, que Nietsche y Shopenhauer juntos. Es… ¡El Patito Feo de Hans Christian Andersen!  Ahora empiezo a atar cabos, ahora lo comprendo todo. ¡Tú, tú eres el culpable, maldito! Eso el organismo no lo digiere así como así. Ya he encontrado la explicación a todo. ¡Sí! Lo cojo por el pescuezo y lo alejo de mí tirándolo por la ventana lejos, muy lejos. Quizá con eso haya terminado el problema. Pero el grito de un transeúnte a quien probablemente le haya caído el libro en la cabeza me devuelve un interrogante aún más acuciante y angustioso que el propio conejo de la habitación y que me desconcierta hasta un punto insospechado: ¿Qué hago yo con el Patito Feo de Hans Christian Andersen en mi mesilla? … CONTINUARÁ.

 

*Foto: Kate Williams