Cada mañana, antes que salga el sol, Kun’g va a buscar agua al río. Aunque hay un pozo en su poblado prefiere andar las tres millas que le separan del río porque según él, la corriente se lleva sus penas y renueva así cada día su espíritu. Sus padres no comprenden muy bien lo que quieren decir esas palabras, pues a sus ojos Kun’g  no tiene ningún motivo para apenarse. Kun’g  es joven, apuesto, trabajador y tiene toda la vida por delante. Con esas cualidades, dicen sus padres, nadie debería sentirse afligido.  Pero Kun’g  sabe muy bien de lo que habla, pues aunque es alto y fuerte como un baobab, su cuerpo se estremece hasta reducirse a una milésima parte  de lo que es cuando llega a l río y ve a una joven en la orilla opuesta que, siempre a la misma hora, coge agua del río en su tinaja de bronce para desparecer con ella entre la hilera de árboles que forman un lejano horizonte. Pero hay un momento, el instante en que sus miradas se cruzan,  en que la naturaleza se confabula con los dioses para ofrecer un espectáculo digno de un rey de la sabana, orquestando un ritual de una belleza que detiene el tiempo para que los sentidos  no se vean turbados por el fluir de las cosas.  El sol emerge de lo más profundo de la sabana para recortar la silueta de la joven e iluminar un rostro aún no allanado por las impurezas que va destilando la vida con el tiempo,  pues su piel parece más de otro mundo que de éste. En sus ojos queda Kun’g  atrapado perdiendo la noción de vida y de tiempo, hasta que la joven desparece. Su figura se mezcla con la de las nubes, aunque Kun’g  la distingue entre ellas incluso cuando ya no está. Después, vuelve Kun’g  a su poblado como si otra persona hubiera entrado en su cuerpo y hubiera puesto patas arriba sus vísceras.  Tal es su turbación al regresar que más de una vez lo hecho con la tinaja vacía. Pero eso no importa a Kun’g  pues su alma ya ha saciado su sed para lo que queda de día.

Kun’g  nunca ha faltado a su cita con la muchacha, pero aún no ha llegado el día en que se atreva a decirle una sola palabra. Kun’g  duda cuando la tiene delante, aunque haya ensayado miles de veces la escena, pues postrado ante tal belleza se cree indigno de ella. Pero lo cierto es que la joven tampoco  ha faltado nunca a esa furtiva cita dominada siempre por un profundo silencio. Los días se suceden. Pero en la sabana el tiempo se complace tanto en el sosiego del paisaje que se ha olvidado de las estaciones.  Pase lo que pase cada mañana Kun’g  se pone la tinaja sobre el hombro y se dirige hacia río. Pero en las últimas semanas Kun’g  ha caído preso de las fiebres. Y aunque intenta ponerse en pie desafiando con altivez y orgullo a la enfermedad, la debilidad aplasta inexorablemente su cuerpo contra el lecho.
Ya han pasado unas semanas y Kun’g  empieza a recuperarse. Sin pensárselo, aún envuelto en la oscuridad de la noche,  se pone la tinaja al hombro y se dirige a toda prisa hacia el río. Anda las tres millas como si le persiguiera un diablo de la sabana para ganarle tiempo al sol. Hasta que llega a su  orilla, como ha hecho todos los días de su vida, y se sienta a esperar a que la joven disperse con el contorneo de su cuerpo la niebla que se forma durante la noche.  Pero no es la chica la que aparece de entre la bruma sino una anciana que carga con sus arrugas como carga con la tinaja de bronce.
Por primera el río escucha la voz de  Kun’g:
-Disculpa anciana, ¿podrías decirme dónde está la joven que cada día baja al río para llevar el agua?

– ¿A caso no me reconoces? –dice la anciana.

– ¿Es que te he visto antes? -contesta Kun’g

– Todos los días de tu vida, aquí en el río.

– Eso no es cierto, anciana. A quien he visto yo en el río es a la muchacha que robó mi corazón el primer día que nuestras miradas se cruzaron. Desde entonces no he dejado de acudir para que me lo devuelva,  pues nada he amado en la tierra tanto como la he amado a ella.

-Ha pasado mucho tiempo desde aquél primer día. ¿Y ahora me lo dices? Aunque no me reconozcas, yo soy la muchacha que ha caminado cada mañana hasta el río, con los pies descalzos por la árida sabana para verte, sin faltar jamás a la cita.
– No te creo, pues tu cara está llena de arrugas.

– Igual que lo está la tuya.

-Te equivocas, yo no tengo arrugas. Soy aún muy joven.

– Quizá tu espíritu siga siendo joven, pero tu cuerpo no le acompaña. Mira sino tu reflejo en el río.

Kun’g  dirige su mirada al espejo que forman las cristalinas aguas del rio para descubrir el reflejo de una imagen que no le pertenece. Se parece a él pero el rostro que le contempla se ha llenado de arrugas. Abatido se queda en la orilla mientras ve como la anciana se pierde en el horizonte. Kun’g  medita durante toda la noche y no espera al siguiente amanecer  para dirigirse de nuevo hacia el río dispuesto a recuperar todo el tiempo que ha perdido. No le importan los años que han pasado sino los que aún le quedan por pasar, y quiere  pasarlos junto a su amada. Pero al llegar al río se encuentra con un hombre que coge agua del río con la tinaja de bronce que reconoce al instante. Desde la otra orilla Kun’g  le pregunta, a voz en grito, por la mujer que cada día ha hecho ese mismo trabajo. Pero el hombre, mientras mantiene perdida la mirada en un horizonte quizá inexistente, le devuelve una respuesta, como eco lejano, que  hace añicos sus sueños: “murió anoche mientras dormía”.

 

*Foto de Joseph Barrientos