Esta mañana al salir al jardín de mi casa para regar el árbol que allí crece, como he hecho todos los días de mi vida, me he dado cuenta de que alguien había puesto una frontera. Ésta atraviesa mi jardín de lado a lado dejando el árbol fuera de lo que se podría entender que es la parte en la yo me tengo que quedar.  He preguntado a los hombres que la guardan, pero nadie me ha sabido dar una respuesta. Nadie sabe por qué han puesto una frontera donde antes sólo había un jardín. Así que he entrado en casa sin poder regar el árbol.

Ya han pasado unos días y la frontera continúa en mi jardín. He intentado explicar a los soldados que la custodian que era necesario que yo pudiera regar el árbol. Como ésta es una tierra seca el árbol necesita de mis cuidados, si no recibe mi agua no sobrevivirá por mucho tiempo. Pero los soldados no me han escuchado.

Ya han pasado unas semanas. El árbol que he cuidado toda mi vida empieza a perder su lustre, casi ya no le quedan hojas, y empiezo a preocuparme seriamente por él. Hago otro intento de acercarme al árbol con un cubo de agua, para saciar su sed, que a estas alturas, debe ser ya insoportable. Pero el soldado, con muy mal humor, me lo ha echado sobre mi cabeza. Le he dicho, procurando guardar las formas para que no se enfadara conmigo, que si no me dejan hacerlo a mí que al menos lo hagan ellos. Pero me ha contestado en su tono arrogante que ese no es su trabajo. Que su trabajo consiste exclusivamente en guardar la frontera, y no lo que hay detrás de ella.

Ya han pasado unos meses. El árbol tiene un aspecto deplorable. Ya no le queda casi vida, el tronco reseco, ni una hoja. Las raíces sobresalen de la tierra, como si quisiera irse a alguna parte. Ante esta triste visión de mi querido árbol, ya el único amigo que me queda, he vuelto a probar suerte, por si los guardas de la frontera habían cambiado su humor como seres humanos que parecen. Pero el soldado me ha apuntado con su fusil y me ha amenazado con dispararme si se me ocurría dar un paso más. Entonces le he preguntado por qué han puesto una frontera si les importa lo mismo lo que queda dentro como lo que queda fuera. Esto es, nada. Y me ha contestado que lo único que él tenía que hacer era vigilar la frontera en sí. Ya derrotado y sin esperanza alguna he entrado en mi casa y he corrido las cortinas para no ver cómo el árbol, ese amigo que ha crecido junto a mí, se muere sin yo poder hacer nada.

Hoy hace un año que hay una frontera en mi jardín. He descorrido las cortinas para ver a mi árbol. Pero ya no queda nada de él. Me acerco para despedirme, pero cuando estoy a tan solo unos pasos veo que el soldado recoge la frontera y la mete en un saco. Sorprendido por el gesto le pregunto a que se debe esa maniobra. El soldado me mira poniendo su mano sobre los ojos a modo de visera para no cegarse por el sol y me contesta “Se ha firmado un acuerdo, ya no es necesaria esta frontera”.

Hace unas semanas la poda de un árbol por el ejército israelí en la frontera provocó un enfrentamiento armado entre éste y las fuerzas libanesas.

*Foto de Charles Black