Cuando llamé para alquilar el piso en el que ahora vivo me dijeron que tenía dos habitaciones, además de darme algunos detalles, que ahora no vienen al caso, y que se suelen dar para adornar un discurso que terminará inevitablemente con una sentencia pitagórica de primer orden: la cifra final. Siempre Pitágoras tuvo razón. El Universo está hecho de números, lo que se le olvidó decirnos fue que el  valor de  esos números que configuran ese Universo tan maravilloso iría aumentando con la inflación, y que lo iba a tener que pagar yo, que era en definitiva lo que más me preocucuapa de toda esa filosofía.  Volviendo a lo que interesa, el número de habitaciones me pareció bien porque no necesitaba más. Dos era un número que se adecuaba a mis circunstancias. Cuando fui a verlo comprobé que lo que me habían dicho tenía su fundamento, porque efectivamente tenía dos habitaciones. Así que me mudé sin darle más vueltas al asunto, ni a Pitágoras. Allí pasé mis mejores años, hasta que algo extraño ocurrió. Desde que me mudé he transitado hasta la saciedad por los setenta metros cuadrados que tiene el piso, por cada uno de los centímetros, que son unos cuantos si los medimos así, pero que tampoco son tantos si los contamos en kilómetros. He ido de la habitación al salón, del salón a la cocina y vuelta a empezar, miles de veces. Nada que no haga el resto de comunes en sus respectivos hogares. Pero el otro día ocurrió algo. Al pasar como cada día por el pequeño pasillo que me lleva al salón descubrí, para mi sorpresa, que el piso tenía una tercera habitación. Ya sé que suena extraño, pero entre la primera y la segunda habitación había otra que hasta aquél momento yo no había visto. Mis amigos y familiares podrán atestiguar a estas alturas, incluso jurando sobre cualquier texto sagrado, que gozo de buena salud ocular. No llevo gafas y en caso de llevarlas éstas no estarían empañadas. En ese caso el relato debería terminar forzosamente aquí.  Como no llevo gafas sigo pues con lo que interesa. En el momento del descubrimiento no supe muy bien cómo actuar. Lo primero fue ir a la cocina a comprobar la línea de flotación del wisky que tengo en al armario. Efectivamente había menguado, pero al concentrar mi vista, como aquél que quiere ver más de lo que hay, detecté  rastros de carmín en el cuello de la botella, lo que confirma dos hipótesis importantes: la primera, que la chica de la limpieza se pone fina,  tal como había sospechado, y la segunda, que no usa vaso para tal fin. De ello saqué una tercera conclusión, que algunos podrían considerar precipitada, pero entre los cuales no me hallo. ¿Y qué es lo que tan tenzamente había yo deducido? Pues que yo no había probado el wisky desde hacía al menos una semana, última puesta en escena de la chica en mi casa, porque enonces habría detectado el carmín antes, y la habría despedio, lo cual no ocurrió, al menos hasta al día siguiente. También descarté cualquier perturbación metafísica que se hubiera colado en mi mente durante el sueño al recordar,  cuando vi que ya no quedaban naranjas en el cesto que tengo para poner naranjas, y que debía, en un momento u otro, salir a comprar más –pues no me gusta quedarme sin ellas.  Esa es una prueba definitiva de que en realidad tampoco te importa tanto si hay dos o tres habitaciones en tu casa.  Me dirigí pues otra vez hacia la puerta de la tercera habitación cargado con la realidad, pues como ya he dicho, había descartado cualquier intromisión onírica.  Plantado delante como un pasmarote, se me ocurrió poner la oreja sobre la puerta, y fue entonces cuando escuché algo parecido a unos sollozos…CONTINUARÁ