Todo en la tierra tiene escala humana. Cuando los artífices del mundo moderno proclamaban, regurgitando a los griegos, que el hombre es el centro del universo, constataban un hecho irrefutable: para que algo exista, tiene que existir para el hombre. Sin el hombre no hay arte, ni política, ni economía, no hay conocimiento y sin conocimiento no hay hombre, no hay ser humano, sino bestia, esclavo o salvaje. Algunos nostálgicos de la oscura era media se empeñaron en seguir negando la humanidad al hombre, y sus esfuerzos han minado la historia de infames ejemplos. Pero nada hay de alquímico en la economía. De hecho la economía es un concepto intrínsecamente humano, vinculado al instinto de supervivencia. Para que el hombre se prodigue necesita del intercambio con otras personas. Y esa es la base de la economía. Ha sido el lenguaje el que ha alejado la economía del hombre restringiendo su compresibilidad a una supuesta “élite”. Los oráculos sostienen que los designios de los mercados son inescrutables (para el hombre de a pie), y por ello debemos dejar tan sesudos temas a los especialistas.

Pero la economía ha mostrado su rostro. Y su rostro es humano. Desde que Eva comió la manzana del árbol prohibido, el hombre supuestamente, es capaz de distinguir el bien del mal. El inconveniente es que esos conceptos son constructos mediáticos, muy lejos de ser axiomas humanos. Y así lo ha demostrado en su sagaz experimento Xavi Siles, actor y director teatral barcelonés. Un grupo de actores exhibieron, alentados por Siles, sus más desgarradores sentimientos, delante de la Bolsa de Barcelona, ataviados como auténticos ejecutivos que acababan de arruinarse por culpa de su propia codicia. El experimento congrego a la masa que pasaba por allí suscitando un extraño sentimiento de piedad y conmiseración. Y digo extraño porque los propios actores, que en ningún momento revelaron sus auténticas intenciones, se autoproclamaban culpables de su situación y de la situación en que la crisis ha dejado a otros aún menos afortunados. A pesar de todo,  los allí congregados, ofrecían su ayuda y sus lágrimas de apoyo. Es esto una reacción a una verdad emocional. La economía desciende al nivel más bajo, se hace real, humana y se manifiesta en el sentimiento. No hay lenguaje que medie entre un ser humano y sus sentimientos. No hace falta explicar para sentir. La reacción es pura, sin artificios. El espectáculo de la verdad emocional se hace demoledor, capaz de destruir cualquier prejuicio.

Del experimento se pueden desprender varias hipótesis acerca del comportamiento del espontáneo público. El hombre es capaz de perdonar al verdugo, siempre y cuando exista un manifiesto arrepentimiento. Pero quizás no sea capaz de perdonar a la víctima. La vida misma nos proporciona cada día el contraejemplo. Los miles de víctimas de un sistema económico voraz, que se ven abocados a pedir por las calles, ni de lejos suscitan un sentimiento parecido. Más bien todo lo contrario. No hay espectáculo en lo rutinario. Quizá tenga que ver con la comprensión de la realidad. No es digerible para el ser humano ver a hombres y mujeres vestidos de Armani, llorando en la calle. En seguida percibimos que algo va mal, que no está en su sitio. Necesitamos ordenar el mundo para comprenderlo. Eso nos podría pasar a nosotros. No así si los que lloran son harapientos desarrapados, víctimas de los primeros. Para hacer aceptable lo segundo, el hombre creó la hipótesis del mundo justo, según la cual, el hombre es responsable de sus desgracias. Pero no hay una explicación para lo primero. La ambición desaforada de los ejecutivos no puede lanzarlos a las herrumbrosas calles. Los estamos viendo como personas, sin etiquetas. Se arrepienten de lo que han hecho y por tanto deben ser perdonados El mundo es justo, pero no tanto. Tanta justicia no puede ser justa.

*Foto de Ben Dummond